La estigmatización: una barrera invisible en la intervención social

La estigmatización es un fenómeno social que afecta profundamente a las personas en situación de vulnerabilidad. No solo refuerza la exclusión social, sino que también limita las oportunidades de cambio y recuperación, convirtiéndose en una barrera invisible dentro de los procesos de intervención social. El estigma condiciona trayectorias vitales, bloquea el acceso a recursos y dificulta que las personas puedan resignificar su historia y proyectar un futuro distinto.

En este artículo se analiza el estigma como una barrera invisible que impide a las personas vulnerables cambiar su historia, y se reflexiona sobre el papel clave de la intervención social en la ruptura de estas dinámicas. La exclusión se alimenta del juicio; la intervención comienza cuando se rompe el estigma.

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¿Qué es la estigmatización?

La estigmatización es un proceso dañino que afecta especialmente a las personas más expuestas al riesgo de exclusión social. A menudo no se manifiesta de forma explícita, sino a través de miradas, palabras, actitudes o expectativas que condicionan profundamente la vida de quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad.

Se trata de un conjunto de “marcas” negativas atribuidas a un individuo o a un grupo, basadas en características, comportamientos o condiciones que la sociedad considera “diferentes” o “incorrectas”. Estas atribuciones no solo simplifican realidades complejas, sino que también legitiman prácticas de discriminación y desigualdad.

Cada organización social posee sus propias normas, valores y culturas; sin embargo, cuando los cánones sociales no reflejan esta diversidad, quienes no se ajustan a dichos modelos son percibidos como “distintos”. Esta percepción refuerza procesos de exclusión y consolida fronteras simbólicas entre quienes pertenecen plenamente a la comunidad y quienes quedan al margen.

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Consecuencias de la estigmatización en el individuo

El estigma se construye socialmente a partir de estereotipos y prejuicios que reducen a la persona a una etiqueta: “pobre”, “inmigrante”, “adicto”, “persona con enfermedad mental”. Estas categorías generan una imagen negativa que no solo influye en la forma en que la sociedad percibe a estas personas, sino también en cómo ellas mismas se perciben.

Cuando una persona es constantemente definida como “peligrosa”, “incapaz” o “desviante”, puede llegar a interiorizar esa imagen y a comportarse de acuerdo con ella. Este proceso, conocido como autoestigmatización, debilita la autoestima, la autoeficacia y la confianza en la propia capacidad de cambio.

Las consecuencias del estigma son profundas. A nivel psicológico, puede generar vergüenza, culpa, inseguridad y sentimientos de inutilidad. Muchas personas llegan a creer que merecen su situación o que no son capaces de transformarla, lo que impacta negativamente en su salud mental y en su toma de decisiones. Además, el estigma actúa como una barrera para el acceso a recursos sociales, educativos o sanitarios, ya que el miedo al juicio y al rechazo suele impedir la búsqueda de ayuda.

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La estigmatización en la intervención social: desafíos y responsabilidades profesionales

En el contexto de la intervención social, la estigmatización adquiere una dimensión especialmente delicada. Los y las profesionales trabajan con personas que ya se encuentran en situaciones de desigualdad, por lo que cualquier actitud que reproduzca el estigma —aunque sea de manera involuntaria— puede reforzar la exclusión.

El uso de un lenguaje inadecuado, la focalización excesiva en el problema o la falta de reconocimiento de las capacidades de la persona pueden consolidar relaciones de poder desiguales y limitar la eficacia de la intervención. En cambio, una intervención libre de estigmas puede convertirse en un espacio de reparación y empoderamiento.

Adoptar un enfoque centrado en la persona implica reconocer su historia, sus recursos y su potencial, más allá de la situación que atraviesa. Escuchar activamente, validar la experiencia del otro y evitar juicios son prácticas fundamentales para construir relaciones de confianza. Cuando la persona se siente respetada y escuchada, aumenta su implicación en el proceso y se fortalece su sentido de agencia.

Combatir la estigmatización también requiere una reflexión constante por parte del profesional. Cuestionar los propios prejuicios y revisar las creencias internalizadas es un ejercicio ético imprescindible. La formación continua y el trabajo en equipo son herramientas clave para identificar dinámicas estigmatizantes y promover intervenciones más humanizadas. Asimismo, es fundamental prestar atención al lenguaje institucional, ya que las propias estructuras y protocolos pueden reproducir el estigma de forma implícita.

La visión de las personas estigmatizadas: el estigma internalizado - Fundación Salud y Comunidad

Del riesgo de exclusión al empoderamiento

Desde una perspectiva práctica, intervenir sin estigmatizar significa cambiar el foco: dejar de definir a la persona por su problema y comenzar a verla como un sujeto activo, con derechos y capacidades. Significa acompañar sin imponer, orientar sin juzgar y apoyar sin infantilizar.

También implica crear espacios donde las personas puedan expresar sus emociones, resignificar su experiencia y reconstruir una identidad más positiva y fortalecida. De este modo, la intervención social no solo atiende necesidades inmediatas, sino que contribuye a procesos de autonomía y transformación personal.

En definitiva, la estigmatización no es únicamente un fenómeno social, sino un reto ético y profesional en la intervención con personas en riesgo de exclusión social. Ignorarla supone perpetuar dinámicas de desigualdad; afrontarla, en cambio, abre la puerta a procesos de inclusión más justos y transformadores. Cada intervención puede reforzar el estigma o contribuir a desmontarlo.

Combatir la estigmatización implica reconocer la dignidad inherente a cada persona y comprender que nadie se reduce a su situación de vulnerabilidad. Solo desde esta mirada es posible construir intervenciones que promuevan el bienestar, la autonomía y una inclusión social real. Porque intervenir sin estigmatizar no es un complemento del trabajo social: es su base fundamental.

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