¿Qué hay detrás de una conducta? 5 claves para comprender a niños, niñas y adolescentes

Una rabieta, aislamiento, una respuesta agresiva, una bajada del rendimiento o un cambio repentino de comportamiento pueden llamar rápidamente nuestra atención. Sin embargo, en la intervención con infancia y adolescencia, quedarnos únicamente con la conducta observable puede ofrecernos una visión incompleta.

La conducta se produce dentro de un contexto. Por eso, antes de preguntarnos únicamente “¿cómo conseguimos que deje de hacer esto?”, puede resultar más útil ampliar la mirada: ¿qué está ocurriendo?, ¿qué factores pueden estar influyendo?, ¿qué necesita ese niño, niña o adolescente?

1. Su momento evolutivo:

No podemos interpretar de la misma manera una conducta a los 4, 10 o 16 años. El desarrollo emocional, cognitivo y social condiciona cómo niños, niñas y adolescentes comprenden lo que ocurre, expresan sus necesidades y gestionan determinadas situaciones.

Conocer las características de cada etapa ayuda al profesional a contextualizar lo que observa y ajustar sus expectativas y estrategias de intervención

2. El entorno familiar

La familia constituye uno de los principales sistemas de referencia durante la infancia y la adolescencia.

Cambios importantes, conflictos, estilos educativos, dificultades de comunicación o situaciones de vulnerabilidad pueden influir en el bienestar del menor. Esto no significa atribuir automáticamente una conducta a la familia, sino incorporar el contexto familiar a nuestra mirada profesional.

3. Lo que ocurre en otros espacios

Colegio, grupo de iguales, actividades extraescolares, redes sociales… La vida de un menor se desarrolla en distintos escenarios.

Una dificultad que aparece en un contexto puede estar relacionada con experiencias que suceden en otro. Por eso, cuando sea pertinente, coordinar información y perspectivas entre profesionales y entornos puede contribuir a comprender mejor una situación.

4. Las emociones que quizá no sabe expresar 

Durante la infancia y la adolescencia todavía se están desarrollando las habilidades necesarias para identificar, comprender y comunicar emociones. En ocasiones, aquello que un menor no consigue expresar verbalmente puede manifestarse a través de su comportamiento.
Crear espacios de confianza, practicar la escucha y ayudar a identificar emociones puede ofrecernos información relevante para comprender sus necesidades.

5. Los cambios en la conducta

Más que interpretar automáticamente una conducta aislada, conviene observar su frecuencia, intensidad, duración y contexto.

¿Ha aparecido recientemente? ¿Sucede siempre en el mismo entorno? ¿Ha habido algún cambio importante? ¿Está afectando a diferentes áreas de su vida?

Observar patrones y recopilar información ayuda a evitar conclusiones precipitadas y permite valorar qué tipo de acompañamiento o intervención puede ser necesario.

Mirar más allá de lo que vemos

Trabajar con infancia, adolescencia y familias implica entender que cada situación está formada por múltiples factores que se relacionan entre sí.

Ampliar la mirada, escuchar y comprender el contexto no significa justificar cualquier comportamiento. Significa disponer de más información para tomar decisiones profesionales fundamentadas y plantear intervenciones adaptadas a cada realidad.

Si quieres profundizar en herramientas y estrategias de intervención, puedes conocer nuestro Experto/a en Intervención Psicosocial con Infancia, Familia y Adolescencia, una formación de 300 horas centrada en el trabajo con menores y familias desde diferentes contextos y situaciones.